Senectud

Senectud

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«Era una de esas mañanas, en las que se oye como las gotas de agua, golpean una y otra vez contra el suelo de la terraza, a modo de martilleante ruido de fábrica. Entre las sábanas, uno se siente en paz, caliente, en una efímera pero gratificante sensación de seguridad, frente a las inclemencias del tiempo. Comienzo a recordar mi niñez, aunque hayan pasado ya, más de setenta años desde que en pantalones cortos, pasábamos la tarde con una onza de chocolate metida en un trozo de pan, mientras jugábamos a las canicas o las chapas. Me acuerdo de mi madre y de aquella novia que tuve, que a día de hoy duerme a mi lado, después de toda una vida juntos. Entre las rendijas de la persiana, se aprecia tímidamente la incipiente luz de la mañana. Me doy la vuelta para abrazar a la mujer que ha elegido aguantar mis manías y mi endiablado carácter durante años. Deseo abrazarla en esta mañana de otoño, mientras llueve, sin ninguna gana de abandonar este candoroso y seguro refugio, para enfrentarme un día más a los dolores de las piernas y mi desidia crónica. Está muy fría y aprieto su espalda contra mi pecho para darle calor. Ella permanece inmóvil. ¡No, no por favor! ¡Creo que está muerta! Ya había pensado en ocasiones sobre la llegada de este momento. Mi mundo se viene abajo de repente. Empiezo a sollozar como aquel niño de pantalones cortos y onza de chocolate. No puede ser. Señor, no me hagas esto, no era tan mayor, la amo. Hoy íbamos a comer fuera, es de las pocas cosas, que aún nos ilusionaba. Es en ese momento cuando ella se gira y me pregunta sobre el motivo por el cual estoy llorando. Respiro aliviado al menos por esta vez y mentalmente le pido a Dios que me lleve a mí primero. No podría vivir con la angustia de su ausencia.»

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  1. Ernesto

    Triste… pero real.
    Creo que el que se va, descansa y el que se queda sufrirá.

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